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Europa: Un océano helado, en movimiento
Astrobio.net (*)
a luna joviana Europa es la más pequeña de entre los cuatro satélites descubiertos por Galileo en 1610. A pesar de ser más pequeña que nuestra Luna, Europa, con sólo 3126 km de diámetro, refleja alrededor de cinco veces más luz que ésta.

Es debido a este brillo por lo que resulta un atractivo objetivo para los astrobiólogos. La agrietada superficie de Europa no es tan plana como se pensó en un primer momento, sino que tiene una densa capa de hielo, la cual cubre al planeta por completo. Incluso se conjetura que a bastante profundidad bajo este hielo puede existir un océano en estado líquido.

Europa Europa, denominada así en honor a una princesa fenicia, fue raptada por el dios mitológico Júpiter. Cuando Júpiter se convirtió en un toro blanco (Tauro), ella estaba recogiendo flores costeras y se la llevo en sus lomos a la isla de Creta. En el momento en que se le puso este nombre, no se conocía el hecho de que tuviera un mar subterráneo e inmensos bloques de hielo flotando en su superficie.

Mostradas en falso color, las imágenes de Europa ponen de manifiesto la existencia de dicha capa de hielo en azul y de las grietas, ricas en mineral, en rojo y marrón. El hielo azul, formado de agua pura casi en su totalidad, es la capa más antigua. El hemisferio norte en particular aparece de color marrón, al tener depósitos de minerales, como el sulfato de magnesio, que contaminan el hielo.

Al contrario que sucede en el resto de satélites del Sistema Solar, donde aparecen superficies marcadas por los restos de una activa intensidad meteórica, en Europa ésta es más bien lisa y reviste una especial capacidad para recobrar su forma habitual tras grandes impactos. Nuestra Luna no está protegida y es por ello que muestra huellas fruto de colisiones catastróficas.

En los lugares en los que aún se conservan cráteres, podemos ver que sus superficies no son muy rugosas. Los huecos son rellenados por materia helada del subsuelo y acomodados en su lugar. Lo que hoy se puede considerar superficie virgen puede tener entre 10 y 250 millones de años, un simple pestañeo en el devenir del tiempo geológico. Vistos en detalle muchos de estos recientes canales dispuestos en formas dispares que se entrecruzan, parecen como cuchilladas en la superficie del satélite. Las piezas en zig-zag del puzzle móvil de Europa cambian por momentos, al orbitar éste alrededor de Júpiter. Y es que la gravedad del gigante gaseoso fuerza al hielo a apiñarse, con lo que se convierte en una gran masa helada. De igual modo, vistos en detalle, esta piña de hielos muestra un curioso patrón continuo de elevaciones a ambos lados de las grietas. Tanto si dichas elevaciones cumplen la función de los géiseres de aliviar las tensiones por rozamiento de las grietas o si, por el contrario, son a éstas más bien como una grasa lubrificante, el caso es que su mera existencia hace que Europa parezca un sorprendente puzzle de enormes fragmentos enlazados entre sí.

En muchos sitios de Europa, la altura de una de estas elevaciones puede rivalizar con los acantilados del monte Rushmore. Pero para ver algo mínimamente comparable en nuestro planeta, deberíamos de sumergirnos hasta las profundidades del océano hacia donde se encuentran las marcas dejadas por la deriva continental, producidas debido al arrastre de la corteza terrestre y los movimientos propios de las placas tectónicas. Cuando se mira Europa desde este punto de vista es como si viéramos un océano terrestre al revés, con el agua por debajo de un techo de tierra. Las capas que constituyen al satélite a menudo se comparan con un bombón, al tener un revestimiento duro, un relleno líquido y un núcleo de hierro y níquel fundidos.

Esta capa de océano, (siempre y cuando se trate de agua líquida), que parece tener 60 millas, es tan profunda que su volumen supera al de todos los océanos de la Tierra juntos. Más arriba, incluso parece tener una delgada capa de oxígeno rodeando al satélite. Al igual que otros cuatro cuerpos de nuestro Sistema Solar (la Tierra, Marte, Venus y Ganímedes), se tienen indicios de la existencia de oxígeno molecular en su rara atmósfera. No obstante, al contrario que sucede aquí, donde los seres vivos contribuyen al aporte de oxígeno, la radiación ultravioleta proveniente del Sol y el poderoso campo magnético de Júpiter son los que hacen que en Europa se libere el oxígeno del hielo de agua, encontrándose éste hasta una altitud de 125 millas por encima del nivel de la capa helada.
Europa
Este mosaico de imágenes de la misión Galileo, muestra una vista cercana de la helada y agrietada superficie de Europa. La región observada se denomina Conamara Chaos (coordenadas del centro de la imagen: latitud 9° N, longitud
274° O), y cubre un área de 35x50 km. La secuencia de imágenes fue adquirida por esta sonda en Diciembre de 1997, a una distancia aproximada de la superficie
de 880 km. (JPL/NASA)
Un hipotético habitante de Europa se encontraría con un mundo casi sin viento a ras de suelo. Las condiciones tropicales cerca del ecuador sólo alcanzarían una temperatura
de -260º F (-131º C). La acidez de su océano es equiparable a la del ácido de las baterías de los coches, rico en los depósitos sulfurosos que tanto caracterizan al resto de satélites jovianos.

Por inhóspito que este mundo pueda parecer, debemos de tener en cuenta que la presencia de sulfuro y ácido sulfúrico parece dar un aspecto no muy diferente al que encontraríamos en algunos lugares de la Tierra en los que se han encontrado bacterias viviendo de forma radicalmente diferente, mediante procesos de extracción de energía sin luz solar. En verdad, al igual que la electroquímica de una bacteria, la vida de nuestro planeta ha encontrado medios para obtener energía a partir de determinadas reacciones con el ácido sulfúrico.

El misterio de la procedencia del ácido de Europa ha inquietado a los investigadores, desde que se descubrió que una de las caras del satélite, que siempre mira a Io, es rica en sulfuro. Ya que Io expulsa al espacio cantidades ingentes de sulfuro debido a la acción volcánica, las semejanzas entre ambos cuerpos pueden dar fe de la capacidad de transporte de materiales entre dos satélites, frente a lo que se pensaba de cuerpos más aislados.

Otra forma de explicar la razón de la existencia de los ácidos oxidantes en la superficie de Europa puede ser la de que los minerales sulfúricos se elevan desde las profundidades del océano o son ionizados por la intensa radiación del gigante joviano. Tanto si Europa toma sulfuro de Júpiter, de Io o de su propio océano, el caso es que se ha despertado una gran curiosidad entorno a esta luna agrietada.

Poniendo el reloj de este habitante de Europa a medir el tiempo según nuestro sistema, se pondría en tela de juicio muchas de cosas que aquí percibimos como cotidianas. El día en Europa, es decir, el tiempo que emplea para rotar una vez sobre su eje, es equivalente a su año, lo que tarda en dar una vuelta a Júpiter (aproximadamente 3.55 días terrestres). En el caso de estar situado en el punto que siempre se muestra a Júpiter, vería un inmenso globo brillante que llenaría todo el cielo con su diámetro aparente.

Como la mayoría de las lunas que muestran fase respecto a su planeta, hay una cara de Europa que es relativamente más oscura. En el océano que separa el núcleo de la superficie puede estar la razón. Por lo visto, la gravedad de Júpiter atraería a la masa de hielo antes que al núcleo y el mundo flotante, por lo tanto, la superficie se retorcería como en ningún otro satélite ni planeta conocido hasta ahora. No obstante, el cambio producido en ésta debe de ser lento, ya que no se apreció prácticamente ninguna diferencia en los rasgos de la superficie, al comparar las fotos tomadas por la Voyager y por la Galileo, con 20 años de diferencia.

Europa cumple muchas de los requisitos que se consideran indispensables para la existencia de vida primitiva y para que ésta pueda desarrollarse. A pesar de estar lejos del Sol, tiene la energía del planeta al que queda ligado gravitacionalmente. El océano que separa el núcleo de la superficie flotante, parece ser lo suficientemente salado como para ser conductor de electricidad a medida que orbita. Si alguna vida microbiana pudiera vivir a tanta distancia del Sol, necesitaría generar su energía química a partir del líquido salobre y depender de la capa helada para protegerse de la intensa radiación de su anfitrión.

Mientras que en la Tierra encontramos agua, energía y algunos nutrientes minerales, la vida parece haber aflorado donde a menudo las condiciones son de los más exóticas y duras bioquímicamente hablando, pese a que esto no se creía posible unas cuantas décadas atrás. Preguntarse si hay vida en Europa o no es hoy por hoy algo muy especulativo, aunque, si la hay, ésta dependerá del sulfuro. No se sabe aún si las condiciones primitivas que se dan en el satélite podrían albergar vida. De todas formas, antes de finalizar la misión de la sonda Galileo, se tomaron precauciones para no contaminar lo que pudiera haber debajo de su cambiante superficie.
(*) Traducción y adaptación: Andrés Alonso López
Mendoza, Argentina, 10 de Noviembre de 2004.
 
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