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El zoológico cósmico
Alberto González Fairén

No es sencillo escribir sobre inteligencias extraterrestres y conseguir ser tomado mínimamente en serio. Sin embargo, una colección de publicaciones científicas recientes invitan a revisar ciertos conceptos, y a hacerlo con el máximo rigor.
l año 2003 se publicó el libro “La Tierra Rara”, en el que sus autores Peter Ward y Donald Brownlee defendían la idea de que la historia de nuestro planeta ha sido modelada por una serie de eventos más o menos azarosos cuya secuencia completa sería altamente improbable, por lo que su repetición en otros planetas podría considerarse casi imposible. La Tierra sería una rareza estadística, y por lo tanto la vida en nuestro planeta sería un fenómeno extraordinario, y aún más la vida compleja (macroscópica), ya que el número de condiciones que requeriría su aparición sería aún mayor.

Ahora, un nuevo libro titulado “El Zoo Cósmico: Vida Compleja en Muchos Mundos”, de Dirk Schulze-Makuch y William Bains, replantea la pregunta de la existencia de vida compleja en el universo. Los autores sostienen que los avances científicos están empezando a proveernos de las herramientas necesarias para responder a la pregunta de si los humanos somos una rareza cósmica, o si pueden existir otras formas de vida con habilidades tecnológicas en otros planetas.

Schulze-Makuch y Bains afirman que la mayoría de las transiciones críticas en la evolución biológica sobre la Tierra podrían suceder en otros planetas igualmente, ya que existen diversas rutas bioquímicas que podrían haber guiado tales transiciones. Ponen como ejemplos desde la propia aparición de la vida y la formación de las primeras células, hasta la invención de la fotosíntesis, como eventos que ya Ward y Brownlee asumían como bastante probables en el universo, ya que las materias primas y las rutas bioquímicas requeridas no son en absoluto extrañas sobre la superficie de un planeta de tipo terrestre.

En “El Zoo Cósmico” se examinan seguidamente otros grandes hitos de la evolución, como la acumulación de oxígeno en la atmósfera y el establecimiento del Fotosistema II, la endosimbiosis, la aparición de los eucariotas, la reproducción sexual, la organización de organismos multicelulares, la formación de animales y plantas, la evolución de la inteligencia y el desarrollo de sociedades tecnológicas (temas todos ellos tratados en estas páginas a lo largo de los últimos 15 años). Dado que el número de planetas en el universo es gigantesco, y muchos de ellos son habitables durante tiempos lo suficientemente prolongados como para que evolucionen formas de vida complejas, no parece que existan muchos argumentos para defender la rareza de la Tierra como mundo habitado.

¿Y qué aspecto físico podrían tener nuestros vecinos tecnológicos? Samuel Levin, de la Universidad de Oxford, y sus colegas, intentan igualmente responder a esta pregunta desde una perspectiva científica. Retomando el discurso exactamente en el punto donde lo dejan Schulze-Makuch y Bains, el grupo de Levin recuerda que hay al menos 200.000 millones de planetas en nuestra galaxia, y los últimos descubrimientos han confirmado que alrededor del 20% de ellos son habitables. Si tan sólo una fracción de ellos, incluso menor del 0.001%, estuviera realmente habitado, habría decenas de miles de planetas habitados en nuestro vecindario.

Sin embargo, por ahora solo tenemos un ejemplo de vida compleja: nosotros. Pero podemos guiarnos por la teoría de la evolución para hacer predicciones sobre nuestros vecinos, predicciones que no dependen de los detalles concretos que definen al planeta Tierra. La evolución requiere de tan solo unos pocos ingredientes para funcionar: variación ligada a cambios en el material genético (algunos T. Rex tenían las mandíbulas más poderosas que otros), heredabilidad de esa variación (los T. Rex con mandíbulas poderosas tenían hijos con mandíbulas poderosas), y éxito diferencial ligado a esa variación (los T. Rex con mandíbulas más poderosas cazaban mejor y tenían más hijos).

El trabajo de Levin asume que los seres vivos en otros planetas también deben evolucionar siguiendo los condicionantes de la selección natural. Por lo tanto, su “apariencia física” respondería a su adaptación al entorno, de la mejor manera posible, para conseguir replicarse con la mayor eficacia. La transición desde simples moléculas con capacidad de replicación hasta formas de vida complejas, sobre cualquier superficie planetaria, seguiría las mismas reglas.

De este modo, igual que nosotros estamos hechos de células que contienen núcleo y mitocondrias (entre otros orgánulos), y los núcleos almacenan el material genético, es lícito sostener que seres vivos extraterrestres presentarán una jerarquía de unidades similar. Por supuesto, estas unidades no tienen que ser ni parecidas a las nuestras: tal vez no sean “células” ni ADN como los concebimos en la Tierra, pero estarán constituidos de “partes” que fueron inicialmente libres y que posteriormente se unieron por interés evolutivo para trabajar juntas constituyendo formas cada vez más complejas. La inteligencia y la capacidad tecnológica serían una propiedad emergente inevitable en este proceso, dadas las ventajas evolutivas que confieren.

¿Y para cuando el primer contacto con una de esas posibles civilizaciones extraterrestres? El programa SETI de la NASA lleva décadas infrafinanciado, y el radiotelescopio de Arecibo apenas se usa ya para escanear el cielo en busca de señales extraterrestres. Sin embargo, China, la civilización humana con más larga tradición astronómica, acaba de terminar la construcción de FAST, un radiotelescopio cuya finalidad científica primaria (los objetivos militares van siempre por delante) será buscar esa primera señal. El nuevo radiotelescopio está en la provincia de Guizhou, en el suroeste de China, y tiene un diámetro de 500 metros, el doble que el de Arecibo. Obtuvo su primera luz en septiembre de 2016, y ya ha descubierto dos púlsares. Si alguno de nuestros vecinos del zoológico cósmico ha emitido una señal, China será la primera en escucharla desde la Tierra.
FAST (Five-hundred-meter Aperture Spherical radio Telescope)
FAST (Five-hundred-meter Aperture Spherical radio Telescope),
el radiotelescopio de Guizhou. (Liu Xu / Xinhua / Getty) Click para ampliar!
 
 
Madrid, España, 03 de Enero de 2018.
 
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