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¿Es la vida más antigua que la Tierra?
Alberto González Fairén

¿Es posible que la vida sea parte del proceso de formación planetaria, y no un resultado del mismo? ¿Se puede demostrar que la vida que hoy habita la Tierra ya existía antes de la formación del planeta?
no de los fundadores de Intel, Gordon Moore, publicó una curiosa observación en 1965: cada dos años, aproximadamente, se duplica el número de transistores en un circuito integrado, lo que ha producido un incremento en el número de transistores en los microchips que continúa hoy en día. De hecho, si se extrapola hacia el pasado, se puede estimar con precisión el momento en el que el número de transistores en un chip era 0: 1960, la fecha de producción de los primeros microchips (Figura 1). Curiosamente, se ha intentado aplicar esta observación a otros ámbitos, con éxito relativo. Por ejemplo, desde 1960, el número de publicaciones científicas se ha doblado en número cada 15 años aproximadamente. Haciendo una extrapolación rápida hacia el pasado, podríamos asumir que el origen de las publicaciones científicas se encontraría alrededor de 1710, durante la vida de Isaac Newton. Como se puede ver, en este caso los resultados no son muy precisos. ¿Se puede emplear la observación de Moore para intentar datar el origen de la vida?
Incremento en el número de transistores...
Figura 1: Incremento en el número de transistores en microchips durante los últimos 40 años. (W. G. Simon) Click para ampliar!
Alexei Sharov (del Instituto del Envejecimiento, en Baltimore) y Richard Gordon (del Laboratorio Marino de Florida) han intentado aplicar la observación de Moore para analizar el incremento de complejidad en los seres vivos. Sus análisis, publicados en abril, proponen que es posible medir la complejidad de la vida y la tasa a la que esta complejidad se ha ido incrementando a lo largo del tiempo, desde los primeros procariotas hasta la célula eucariota, y desde ahí hasta criaturas más complejas como gusanos (sic), peces o mamíferos. El estudio concluye que las formas biológicas experimentan un incremento exponencial en complejidad idéntico al observado por Moore para los microchips, aunque en este caso la duplicación se produciría cada 376 millones de años.

Sharov y Gordon aseguran que, extrapolando hacia el pasado, su método permite calcular el punto donde la vida presentaba nula complejidad genética, esto es, el momento del origen de la vida. Mediante esta regresión lineal de la complejidad genética, los autores establecen que el momento en el que apareció el primer par de bases fue hace unos 10.000 millones de años. Como la Tierra tiene tan solo unos 4.500 millones de años, Sharov y Gordon aseguran que sus análisis demuestran que la vida no se originó en nuestro planeta, sino mucho antes de la formación de la Tierra y por lo tanto en otro lugar (Figura 2). La vida habría llegado a la Tierra miles de millones de años después de aparecer en otro lugar.
Gráfica de Sharov y Gordon...
Figura 2: Gráfica de Sharov y Gordon, que representa su hipótesis acerca de la evolución de la complejidad biológica en función del tiempo. Click para ampliar!
La hipótesis de Sharov y Gordon ha suscitado un encendido debate, como era de esperar. La primera objeción que se ha puesto de relieve es que hay multitud de aspectos de la evolución que todavía no conocemos adecuadamente. Por ejemplo, no está claro si es razonable asumir que la complejidad biológica se ha incrementado de forma constante a lo largo de la historia de la vida. Es posible que la complejidad se incrementara de forma mucho más rápida durante las primeras etapas de la evolución biológica, en un entorno geológico mucho más activo y cambiante. De hecho, una teoría evolutiva con un elevado nivel de aceptación asegura que la evolución biológica experimenta momentos de mucha mayor expansión, seguidos de periodos más calmados (Figura 3). De ser así, se podría comprimir perfectamente todo el incremento de complejidad biológica dentro de la historia de la Tierra.

Pero el problema más serio que presenta la hipótesis de Sharov y Gordon es que, en su elección de organismos para elaborar su hipótesis, han seleccionado aquellos que encajaban con sus ideas preconcebidas, eliminando otros que directamente demuestran que su hipótesis es errónea. Por ejemplo, en su análisis parecen asumir que los mamíferos son los organismos con genomas más complejos en la actualidad, y tal premisa es falsa. En su estudio no han incluido organismos contemporáneos que poseen genomas muchísimo mayores que los de los mamíferos, como las cebollas, los helechos o algunos protistas. En el momento en que se incluyen estos organismos en su estudio, la gráfica mostrada en la figura 2 se desdibuja hasta quedar irreconocible y las conclusiones del trabajo se derrumban absolutamente.

La debilidad del estudio de Sharov y Gordon parece ser una buena razón para que no hayan publicado su trabajo en una revista científica. Los autores han hecho pública su hipótesis en “arXiv”, una web que permite presentar artículos sin tener que pasar por el complejo proceso de revisión y evaluación de la calidad del trabajo realizado por parte de otros especialistas, lo que es obligado en todas las revistas científicas. En definitiva, este caso trae de nuevo a la memoria otras dos investigaciones igualmente torpes y engañosas, hechas públicas en 2011 y que comentamos aquí en su momento, cuyo exagerado eco mediático ha hecho un flaco favor a la investigación científica: la historia de la supuesta identificación de restos bacterianos en el interior de condritas carbonáceas, resultado de un análisis morfológico muy poco riguroso (más información, click aquí); y el caso de la bacteria que supuestamente precisaba arsénico para realizar sus funciones vitales, y que resultó ser una cuestión de simple tolerancia (más información, click aquí).
Patrón de evolución en el equilibrio puntuado
Figura 3: Patrón de evolución en el equilibrio puntuado. (Malmgren et al., 1983)
 
 
Ithaca (New York), EEUU, 28 de Agosto de 2013.
 
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