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Dejemos de buscar Tierra 2.0
Alberto González Fairén

urante los últimos 25 años, hemos identificado miles de planetas extrasolares orbitando estrellas distintas a nuestro Sol. Así, hemos confirmado que nuestro Sistema Solar es simplemente uno más entre decenas de miles de millones (o más), únicamente en nuestra Galaxia. La enorme diversidad de tipos de planetas y de sistemas planetarios descubiertos es abrumadora: desde gigantes gaseosos orbitando a enorme velocidad y muy cerca de sus estrellas, hasta pequeños mundos rocosos, algunos helados y otros calcinados, pasando por planetas con dos o tres soles o con puestas de sol dobles.

Sin embargo, continuamos con la obsesión de encontrar un “gemelo idéntico” a la Tierra ahí fuera. Algunos lo han llamado “Tierra 2.0”. ¿Esta búsqueda es razonable? Según Ray Jayawardhana, astrofísico y Decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Toronto, la respuesta es no. Y es no porque esa búsqueda se basa en la asunción de que un mundo idéntico a la Tierra debería ofrecer las mejores probabilidades para albergar vida. En opinión de Jayawardhana, esta asunción es falsa. Veamos sus argumentos.

El pasado verano, cuando se publicó el descubrimiento de un planeta alrededor de Próxima Centauri (la estrella más cercana al Sol), no se habló de otra cosa que de sus características “similares” a la Tierra. Tanto la comunidad científica como los medios de comunicación enfatizaron enormemente el descubrimiento de esta Tierra 2.0, conocido como Próxima b. Sin embargo, Próxima b orbita una estrella enana roja, muchísimo menos masiva que el Sol (Figura 1), y mucho más proclive a emitir llamaradas estelares. El planeta completa su órbita en tan solo 11 días, lo que implica que seguramente está en rotación síncrona con la estrella; es decir, que un hemisferio está constantemente abrasado y el otro se encuentra en oscuridad eterna. Estas características orbitales indican que, con toda seguridad, Próxima b ha perdido casi toda su agua y otros volátiles hace muchísimo tiempo. Caso de conservar algún vestigio de atmósfera, estará sometida a violentísimos contrastes térmicos que generarán constantes huracanes. Por lo tanto, en realidad no parece que Próxima b sea un lugar agradable para los terrícolas.
El tamaño de Próxima b...
Figura 1: El tamaño de Próxima b.
(ESO) Click para ampliar!
Y este mes de febrero se publicó el descubrimiento de siete planetas orbitando la cercana estrella Trappist-1. De nuevo, los titulares hablaban de que los planetas tenían un tamaño similar a la Tierra, y que tres de ellos incluso podrían tener “climas templados”. La realidad es que Trappist-1 es tan pequeña que apenas se puede considerar una estrella, aunque eso sí, emite poderosas radiaciones ultravioleta. Y las órbitas de los siete planetas están tan próximas unas a otras que los siete cabrían en el espacio entre Mercurio y el Sol (Figura 2). ¿Suena remotamente parecido al Sistema Solar? Obviamente no. Sin embargo, Jayawardhana argumenta que tenemos mucho que aprender de Trappist-1 precisamente por lo distinto que es de nuestro sistema planetario. Su mera existencia ilustra sobre la posibilidad de la ubicuidad de mundos rocosos en la Galaxia.

En realidad, nuestra obsesión por encontrar Tierra 2.0 nace del hecho que es el único ejemplo que conocemos. Es tentador pensar que hay algo extraordinario acerca de nuestras circunstancias cósmicas. De hecho, se ha debatido mucho sobre la posibilidad de que la vida compleja apareciera en la Tierra a través de una serie de eventos improbables, muy difíciles de repetir en otros lugares del Universo, a pesar de la inmensidad del espacio y del tiempo.
Trappist-1 comparado con el Sistema Solar...
Figura 2: Trappist-1 comparado con el Sistema Solar
y el sistema de Júpiter.
(cdn.newsapi.com.au) Click para ampliar!
Sin embargo, a poco que lo analicemos, existen razones poderosas para pensar que los planetas rocosos mucho más grandes que la Tierra, los llamados “supertierras”, deben proporcionar condiciones más estables. Igualmente, planetas orbitando en torno a enanas rojas, que son más de la mitad de las estrellas de la Galaxia y permanecen activas muchísimo más tiempo que las estrellas tipo Sol, ofrecerían intervalos temporales más longevos para propiciar el origen y evolución de procesos biológicos en sus planetas en órbita. Por lo tanto, a efectos prácticos, nos resultaría mucho más sencillo buscar signos de vida en una supertierrra orbitando una enana roja, que en un planeta como el nuestro.

Jayawardhana concluye que 25 años de descubrimientos de exoplanetas deben enseñarnos a esperar lo inesperado. No es razonable buscar Tierra 2.0 para encontrar vida ahí fuera. Cinco siglos después de Copérnico, es momento ya de desterrar nuestra óptica geocéntrica en la búsqueda de vida en el Universo.
 
 
Madrid, España, 05 de Mayo de 2017.
 
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