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Moscú Rojo
Tania Abraham
Catedral de San Basilio
La impronta zarista y la de 70 años de revolución socialista signaron a Moscú, que arrastra a las obras de ambos regímenes de gobierno. Ojos atónitos y espíritus estupefactos serán el resultado del viaje del que nadie se arrepiente.
Palacios, estaciones, subtes que parecen museos, centros de arte y amplios espacios verdes en derredor de la magnífica urbe, son parte del paseo. Lo mejor es reconstruir la memoria histórica de un pueblo maravilloso.
iempre las expectativas en relación a un viaje aumentan respecto al conocimiento/desconocimiento sobre el destino de turno. Moscú representa un gran enigma, por más literatura que hayamos leído o incalculables sitios web a los que hayamos entrado. La capital de la ex Unión Soviética, núcleo actual del gobierno ruso, atropella las creencias del visitante desde el instante mismo que sobrevuela su magnífico entorno verde.

Desde la nave, manchas verdosas, muy intensas dibujan enrarecidas formas bajo los pies; surcos labrados por las aguas de los ríos contornean las caprichosas agrupaciones urbanas; lo que sigue llamando la atención es el verde, oscuro, vivo, natural.

Quizás las representaciones mentales que desde Occidente nos formaron a los que nacimos después de la guerra fría, son las que subyacen aún en la mente del posmoderno hombre/mujer globalizado; todavía no arrancamos el blanco gélido o los uniformes grises con vivos rojos del imaginario naturalizado en torno a Rusia. Por más Perestroika aprehendida mediada por la prensa, por más capitalismo instalado en el país de Europa del Este, por más estudio político que hayamos realizado, la imagen -en tanto opinión- subsiste como fuerte condicionante.

El magnífico aeropuerto desata las más fantásticas proyecciones sobre la estadía; la amabilísima guía que acompañará los días en Moscú previene sobre el idioma, el escaso dominio del inglés de la mayoría de los habitantes y nos desafía a dejar maravillarnos por la ciudad que ya tiene más de 855 años.

En un segundo se es presa de la majestuosa urbe de edificios ultramodernos y tan antiguos como ella misma; el vehículo que oficia de transfer circula a demasiada velocidad para poder capturar algunas imágenes. Las ventanillas pasan a ser obstáculos ante la apuesta del afuera que sobrepasa las más audaces expectativas. A pesar de las casi 28 horas que transcurrieron entre avión y aeropuertos, el cansancio no pesa.
La Plaza Roja, la plaza hermosa
La postal característica, la sede de tantas manifestaciones del pueblo ruso, el sitio donde descansa Lenin. Es imposible no sentir adrenalina al situarse frente a la Plaza Roja que significa plaza hermosa, como la comenzó a llamar el conjunto de habitantes de Moscú, luego que fuera construida la Catedral de San Basilio y el edificio que luego sería el de las tiendas GUM, grandes almacenes estatales en su época, hoy un shopping absolutamente deslumbrante.

Pisar los adoquines de granito azul que la cubren es emocionante. La majestuosa extensión de la muralla del Kremlin la cierra por un lado. Allí abetos azules y el mausoleo de Lenin le dan un impacto relevante; el edificio del Museo de Historia, al final y, por el este, las edificaciones de las antiguas Hileras Comerciales Superiores hasta llegar a la policromía de San Basilio, custodiándola y otorgándole ese halo místico y suntuoso que la caracteriza.

Durante la estadía, cada momento libre fue preciso para recorrerla una y otra vez, comprar iconos dorados en sus alrededores y los gorros de piel a los vendedores callejeros. Ante la presencia del grupo turístico algunos moscovitas entablan conversación con la pregunta sobre nuestra procedencia y la inevitable relación con Maradona.

Para conocer el mausoleo en el que se encuentran los restos de uno de los emblemas de los acontecimientos de 1917, hay que realizar una tortuosa fila, pero vale la pena. Es otra obra de arte situada en un sitio privilegiado, con el condimento indiscutible de estar frente, post mortem, al gran artífice de la Revolución Rusa.

Alguna cerveza en un barcito o un vodka perfumado, que se bebe desde la calle de enfrente, dan sabor a la imagen que se registra una y otra vez con la necesidad de capturarla para siempre en la memoria.
Plaza Roja
La Plaza Roja vestida de blanco. Al fondo, la Catedral de San Basilio; a la derecha y en primer plano, el mausoleo de Lenin y más atrás la bella
Torre del Salvador o Torre Spasskaya. (Arthur Lookianov)
La Catedral de la Intercesión, Templo de San Basilio
El trabajo que revisten las cúpulas, los arcos, las columnas, se admira desde abajo, desde cada rincón que pueda situarnos frente a la magnífica obra. Simboliza la victoria sobre Kazán. Iván "el Terrible" solicitó la construcción y el resultado fue un monumento cuya composición no tiene analogía en la historia de la arquitectura mundial.

Las ornamentas de ninguna cúpula se repiten; todas son irreverentes, están pensadas para que atraigan desde cualquier posición. El interior es bastante oscuro: son pasillos que simulan laberintos; la iconografía de las paredes es palpable, de irracional belleza y sin los dorados que relucen en otras iglesias.

Cuenta la leyenda que cuando Iván vio la iglesia terminada le consultó al arquitecto si podría repetir una obra de similares características. El pobre hombre ante el requerimiento del zar, respondió que sí, que lo haría. Ése fue el motivo de su cruel final. Iván mandó a arrancarle los ojos y lo envió a destierro.
Una mirada
Moscú es monumental. Su historia, rica en acontecimientos únicos, la convierten en un lugar también único. La diversidad arquitectónica y los contrastes la signan. Cruzar una avenida por un pasadizo subterráneo y encontrarse con tiendas de Versace, no sorprende; tampoco la mujer de cara redonda y ojos translúcidos que vende, en una vieja olla, frutos rojos del bosque. Los trabajadores municipales, hombres y mujeres, se ven por doquier compartiendo las tareas como iguales. Da la sensación que en lo laboral no hay división de géneros. Sin embargo la apertura al capitalismo dejó abierto el paso a la división de clases con enorme porcentaje de prostitución y altos grados de corrupción.

Las excursiones se suceden entre universidades, estadios, grandes palacios y extraordinarias iglesias. Los museos, teatros y edificios que hablan de los zares o de los revolucionarios, irán seduciendo al visitante quien jamás dejará de felicitarse por conocer la gran capital de Rusia.

Como en las mayores urbes el movimiento es incesante. Hay posibilidades para hacer hasta lo impensado. Es posible moverse con tranquilidad, conocer los mercados estilo persa y regatear los precios en inglés con los vendedores o pasear por tiendas de marcas internacionales o probarse esas pieles que jamás compraremos. La policromía invadió Moscú con el ingreso del capitalismo, pero la gracia data de tiempos remotos.

El río Moscova acompaña, embelesa, refleja la cálida iluminación de las noches haciendo posible cualquier combinación de colores, aunque el violeta y el oro predominan. Por el día se tiñe del verde de sus contornos forestados. Un paseo en alguna embarcación permite visualizar la capital desde otro punto de vista. Buen champán y caviar son cómplices infaltables del paseo. Folklore ruso y bailes de cosacos amenizan la navegación.
El Kremlin
La majestuosidad de la silueta despierta admiración, las robustas murallas enrojecidas, las puntiagudas torres y las edificaciones que asoman desde su interior con cúpulas de oro y tejados con innumerables chimeneas, dan una primera impresión arrolladora. Es sin dudas el conjunto arquitectónico destacado de la ciudad. Desde cualquiera de sus ángulos se lo divisa armonioso e incomparable a otra fortificación del planeta.

La primera excursión llevará todo el día recorriendo los magníficos edificios y los tesoros que sólo la monarquía rusa pudo haber resguardado. Grandes plazas y calles, con parque de frondosa vegetación, separan las construcciones dentro del perímetro. Hay mucho por caminar y mucho por descubrir, advierte el guía.

Las catedrales del interior del Kremlin sitúan rápidamente al visitante en el imaginario histórico del pueblo y de sus gobernantes. Cinco cúpulas de oro culminan la Asunción, impactante, cuyo iconostasio (fondo del altar) de 16 metros tallado en plata deslumbra, pero aún más lo íconos de incalculable valor histórico y artístico que datan de diversas épocas, desde el siglo XI al XVII. El icono del "Salvador de iracundos ojos" (s. XIV) refleja tradiciones bizantinas inundando al viajero con percepciones más certeras sobre la cultura que comienza a conocer. Allí también se encuentra el majestuoso trono de Iván el Terrible.

La Catedral de la Anunciación es muy pequeña en relación a sus compañeras. Era utilizada en algún tiempo en forma casi exclusiva por los zares, ya que estaba conectada a los aposentos. La beldad de la construcción emociona. Las pinturas reflejan a filósofos, sabios e historiadores de la antigüedad, que comparten su lugar con la iconografía religiosa.

Por su parte la Catedral de San Miguel Arcángel lleva notorios rasgos del renacimiento italiano. Durante 300 años fue el panteón de príncipes y zares; allí se encuentran los restos de Iván Kalitá, fallecido en 1340; de Iván el Terrible y sus hijos, entre otros.
Kremlin
Una postal del Kremlin. La torre que se observa en primer plano es la llamada Vodovzvodnaya. El edificio blanco del fondo es el Gran Palacio del Kremlin. A un costado de éste puede distinguirse la Catedral de San Miguel Arcángel. La cúpula dorada de mayor altura corresponde al Campanario de Iván el Grande. Hacia la derecha aparacen las cúpulas de la bellísima Catedral de San Basilio. (Thorsten Buchen)
Catedral de la Asunción Catedral de la Anunciación Catedral de San Miguel Arcángel
De izquierda a derecha: la Catedral de la Asunción, la Catedral de la Anunciación, y la Catedral de San Miguel Arcángel.
 
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